Si ahora fuera aquel adolescente de 14 años que vivió el retorno de la democracia en 1983 de la mano de Raul Alfonsín, ahora mismo estaría llorando a raudales.
Ya no soy aquel joven esperanzado en la democracia argentina y Alfonsin hace tiempo que dejó de ser aquel político que con convicciones y principios prometía llevar a su fin el predominio del peronismo en el país y a la vez terminar con la decadencia que la Argentina llevaba arrastrando hacía décadas.
Alfonsín tardó muy poco tiempo en pasar de ser un "hombre de la democracia" a ser un hombre de la coporación política. No es casualidad que los que muestran más gratitud hacia él son personajes como Duhalde, los Kirchner y demás políticos que viven del sistema instaurado en 1983.
Su llegada al gobierno fue muy prometedora; su abandono: vergonzoso y humillante.
Las intervenciones políticas de ex presidente a partir de 1989 no son de lo mejor para recordar. Si algún legado digno pudo haber dejado su paso por el gobierno, éste fue anulado por su evidente desinterés en defender la estabilidad institucional durante la crisis de los años 2001/2002.
Como buen radical, la transa y la política de comité eran su actividad preferida. Así gobernó en sus años de gloria: entre pactos oscuros y discursos de barricada desde el balcón de la Casa Rosada. Y así siguió continuó predominando sobre el panorama político argentino durante casi dos décadas más.
Al final, todo fue penuria económica y más hambre, junto con menos educación, al contrario de lo que había asegurado antes de llegar al gobierno.
No somos los argentinos en general los que estamos en deuda con Raul Alfonsín, sino todo lo contrario.
Si es cuestión de honrarlo y recordarlo, más les cabe hacerlo a los que pertecenen a la casta que él mismo instaló en las instituciones políticas un 10 de diciembre de 1983.