...La escena ha de ser conmovedora: miles de jóvenes (bueno, así los imaginaba yo, pero me dicen que hay gente de todas las edades) que, por pura vocación, por sus más profundas convicciones democráticas y en resguardo del destino de la patria, se despiertan cuando todavía es de noche, leen rapidito diarios y sitios de Internet, detectan al enemigo y, antes siquiera de tomar un café o de cepillarse los dientes, ya están armados frente a sus PC. Convencidos, entusiasmados, allí empieza la segunda parte de su trabajo, que en realidad no es tan complicado: consiste, básicamente, en destruir al autor de la nota que haya osado rozar al Gobierno. Destruirlo significa eso: hacerlo papilla, meterse con su medio, con su historia (cualquiera que ella sea), con su apellido y hasta con su cara...
Editorial de Carlos Reymundo Roberts en La Nación