En 2007 voté por Macri porque pensaba que había que darle una oportunidad de probar su valía. En esta oportunidad lo voté porque si bien su gobierno no fue estupendo, tampoco fue peor que la alternativa. En circunstancias normales, hubiera votado, como siempre, por alguna expresión minoritaria que se acercara, al menos un poco, a mis ideas y principios.
Pero estas no son circunstancias normales. Parte de mi decisión de voto fue motivada por el deseo de oponerme.
En agosto y en octubre no se va a presentar ningún candidato que me represente. Estoy acostumbrado, soy liberal, lo que en este país es prácticamente ser un paria ideológico, un huérfano político.
En circunstancias normales, entonces, votaría en blanco, al menos para la categoría presidencial. Pero, repito, estas no son circunstancias normales.
Nos llama usted a dejar de lado el resentimiento, a no ser como ellos, a elegir un candidato por sus virtudes y no por los defectos de sus adversarios.
Una vez más, en circunstancias normales la suya sería la voz del sentido común.
Pero no estoy en condiciones de acompañarlo, querido amigo. No tengo, en esta ocasión, otra convicción que la que me dicta que es indispensable que la runfla gobernante se retire del poder en forma inmediata y definitiva.
He tenido, hemos tenido, mucha paciencia, y en mi caso ya he agotado las existencias. Soporté afrentas generales y particulares, asimilé daños y evalué sus consecuencias.
Me arrinconaron. Me eligieron como enemigo. Un enemigo irrisorio, claro está, como todos los que eligen. Soy apenas un ciudadano con un voto. Pero pienso usarlo sin escrúpulos, de la manera más dañina posible.
Si el más mínimo gesto de normalidad de parte de la señora transitoriamente a cargo del Poder Ejecutivo es saludado como un acto trascendente, es porque estamos sumergidos en una anormalidad grotesca. No les creo. No me engañan.
Ya vendrán los tiempos de votar con alegría y convicción.
Por ahora el objetivo es otro. Porque cuando la casa se quema, lo primero que hay que sacar no son los documentos, las joyas o el retrato del abuelo. Lo primero que hay que sacar es el fuego.
Mi esperanza no es cálida ni luminosa. Es deforme y mezquina, amarga y cínica. No me pidan más.
Me mantendré alerta y en actitud beligerante hasta que pase lo peor. Y si lo que queda luego de esto son solo excrementos, pues con excrementos haré los ladrillos de mi próxima casa, y me esforzaré para que lo innoble de los materiales no contamine la nobleza de sus ocupantes.