Cuando Theresa May, Primera Ministra del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte, llamó a elecciones anticipadas hace casi dos meses, todo parecía sonreírle.
Disfrutaba de una luna de miel con el electorado tras hacerse cargo del balurdo que dejó David Cameron al renunciar en 2016, podía mostrarse como "sólida y estable" (su slogan de campaña) en comparación con un personaje como Jeremy Corbyn, ridiculizado desde dentro y fuera del laborismo por ser una caricatura del setentismo izquierdoso británico; y los más de veinte puntos de ventaja que las encuestas le daban a los conservadores por sobre los laboristas prometían un batacazo que incrementaría su mayoría parlamentaria de 17 escaños a posiblemente 100 y que le daría a May un poderoso mandato popular para sentarse frente a los popes de Bruselas de cara a las negociaciones por el Brexit.
Bajo cualquier óptica parecía justificarse la apuesta de adelantar las elecciones en vez de dejar que la legislatura siguiera su curso hasta 2020 tal como lo establecía el cronograma electoral.
Todas las ópticas fracasaron.
Su luna de miel electoral terminó convertida en pesadilla a fuerza de propuestas absurdas para el contexto (como legalizar la caza de zorros o establecer un mecanismo para pagar el cuidado a los ancianos que sería popularizado como el "impuesto a la senilidad"); el slogan de "fuerte y estable" se convirtió en una cargada a fuerza de volantazos cada vez que caía mal una propuesta de los Tories; Corbyn se mostró mucho más genuino y simpático ante el público en comparación con una May que le huía a los debates y se ganaba el apelativo de "robótica" a base de repetir constantemente frases hechas, y el laborismo logró que en vez del Brexit se hablara de la situación social interior y que los jóvenes compraran sus caramelos populistas para volcarse en masa a las urnas y llenarlas de votos Labour.
Como resultado, el prometido batacazo electoral se convirtió en una catástrofe: lejos de ganar tracaladas de nuevas bancas, la mayoría de 17 escaños en los Comunes se convirtió en un déficit de ocho que le hizo perder a los conservadores la posibilidad de formar gobierno sin ayuda de otras fuerzas.
Como resultado, el prometido batacazo electoral se convirtió en una catástrofe: lejos de ganar tracaladas de nuevas bancas, la mayoría de 17 escaños en los Comunes se convirtió en un déficit de ocho que le hizo perder a los conservadores la posibilidad de formar gobierno sin ayuda de otras fuerzas.
Y la primera ministra que se iba a llevar el mundo por delante se convirtió en una zombie política, sostenida a duras penas en el poder gracias a un acuerdo de último minuto con los ultras protestantes de Irlanda del Norte (lindo efecto va a tener eso en el proceso de paz) para conseguir una mayoría ínfima, obligada a entregar asesores para calmar a sus propios ministros y parlamentarios sin que éstos dejen por ello de escribir la crónica de un regicidio anunciado, escuchando por lo bajo las risotadas de la Unión Europea, y sometida a reclamos públicos de renuncia de parte de Corbyn, los partidos opositores, y cada vez más Tories que ya no se sienten intimidados por el 10 de Downing Street.
Y además, dejando al Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte frente a la posibilidad muy real de tener que volver a las urnas antes de fin de año cuando faltan menos de diez días para empezar las negociaciones formales por el Brexit.
Dos lecciones aprendió por las malas Theresa May luego de que todo le saliera mal cuando todo parecía irle bien, lecciones que espero que presten mucha atención por estos lados: la ingeniería electoral suele comerse a los ingenieros, y como a las armas, a las elecciones las carga el diablo.
Y además, dejando al Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte frente a la posibilidad muy real de tener que volver a las urnas antes de fin de año cuando faltan menos de diez días para empezar las negociaciones formales por el Brexit.
Dos lecciones aprendió por las malas Theresa May luego de que todo le saliera mal cuando todo parecía irle bien, lecciones que espero que presten mucha atención por estos lados: la ingeniería electoral suele comerse a los ingenieros, y como a las armas, a las elecciones las carga el diablo.
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