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4 de marzo de 2015

Darse cuenta

Fragmento de La Rebelión de Atlas, de Ayn Rand. Tercera parte (A es A) Capítulo 4 (Antivida):

El timbre de la puerta sonó. Al abrir pudo ver ante ella la silueta de una joven cuyo rostro le resultó levemente familiar. Tardó un momento en comprender que tenía ante sí a Cherryl Taggart. Exceptuando un intercambio de saludos en algunos encuentros casuales en los vestíbulos del edificio Taggart, no habían vuelto a verse desde la boda. Cherryl tenía el rostro grave y no sonreía.

—¿Me permite que le hable… —vaciló, añadiendo por fin—: Miss Taggart? 

—Desde luego —repuso Dagny gravemente—. Pase. La calma poco natural que ofrecía Cherryl le dio la sensación de una desesperada urgencia. Tuvo la certeza de ello cuando vio el rostro de la joven a la luz de la sala. —Siéntate —le dijo, pero Cherryl permaneció en pie. 

—He venido a pagar una deuda —dijo Cherryl con expresión solemne por el esfuerzo de no permitirse emoción alguna—. Quiero pedir perdón por lo que le dije durante mi boda. No existe razón por la que deba perdonarme, pero sí debo confesar que ahora comprendo que insulté a todo cuanto admiro y defendí aquello que desprecio. Sé muy bien que el admitirlo no arregla nada y que el venir aquí incluso constituye una presunción, puesto que no hay motivos por los que tenga que escucharme; debido a ello quizá no pueda siquiera cancelar la deuda; sólo quiero pedir un favor… que me permita aclararle unas cosas.


La emoción de Dagny, su incredulidad, cálida y dolorosa, era el equivalente a la frase: ¡Qué distancia hemos recorrido las dos en menos de un año…! Sin sonreír, con una vivacidad que parecía una mano tendida hacia la otra, sabiendo que una sonrisa podía dar al traste con aquel precario equilibrio, respondió: —Desde luego lo arregla todo y yo deseo escucharlo. 

—Sé que es usted quien dirige la «Taggart Transcontinental». Que fue usted quien construyó la línea «John Galt». Que tuvo la inteligencia y el valor de mantener todo aquello en pie. Supongo que le habrán dicho que me casé con Jim por su dinero… ¿Qué dependienta no lo hubiera hecho? Pero verá; si me casé con Jim fue porque… creí que él era usted. Creí que era la «Taggart Transcontinental». Ahora sé que… —vaciló, pero luego continuó firmemente, como si no quisiera ahorrarse nada —es una especie de jactancioso oportunista, aunque no puedo comprender de qué clase ni por qué. Cuando hablé con usted en la boda, creí que defendía la grandeza y atacaba a su enemigo… pero era a la inversa… ¡Una horrible e increíble inversión de los hechos…! Así que he querido decirle que sé la verdad… y no lo hago por usted, puesto que no tengo derecho a presumir que le importe, sino… por las cosas que amo. 

—Desde luego, lo perdono todo —dijo Dagny lentamente. 

—Gracias —murmuró Cherryl, volviéndose para partir. 

—Siéntate. Movió la cabeza. 

—Eso… eso era todo, Miss Taggart. Dagny se permitió el primer asomo de sonrisa, aunque ésta no afectara más que muy levemente a sus pupilas, en el momento de decir: 

—Cherryl, mi nombre es Dagny.

La respuesta de Cherryl no constituyó más que un débil y tembloroso movimiento de su boca, como si entre las dos hubiesen completado una sonrisa única. 

—Yo… no sabía si era adecuado… 

—Somos hermanas, ¿verdad? 

—¡Pero no gracias a Jim! —respondió con un involuntario sobresalto. 

—No. Por propia elección. Siéntate, Cherryl. —La joven obedeció, esforzándose en no revelar el anhelo con que aceptaba aquella invitación, ni demostrar deseo de ayuda, ni desfallecimiento alguno—. Has pasado unos tiempos muy malos, ¿verdad? 

—Sí…, pero no importa… es mi problema… y mi culpa. 

—No creí que fuera culpa tuya. 

Cherryl no contestó; luego repentina y desesperadamente dijo: 

—Mira… lo que menos deseo es la compasión. 

—Jim debe haberte dicho… y es cierto… que nunca compadezco a nadie. 

—Sí; lo hizo… Pero lo que yo quiero decir… 

—Sé lo que quieres decir. 

—No existe motivo por el que hayas de preocuparte de mi… No he venido a quejarme ni… ni a colocar un nuevo fardo sobre tus hombros… Lo que he sufrido no es motivo para exigir nada de ti. —No exiges nada. Pero el hecho de que valores las mismas cosas que yo, te permite exigir algo de mí. 

—¿Quieres decir… que si hablas conmigo no es por compasión? ¿No sólo porque lamentas lo que me ocurre? 

—Lo lamento terriblemente, Cherryl, y me gustaría ayudarte, pero no porque sufras, sino porque no mereces sufrir. 

—¿Significa eso que no te mostrarlas amable si vieras en mí debilidad, bajeza o sumisión? ¿Sólo por aquello que consideras bueno en mi persona? 

—Desde luego. Cherryl no movió la cabeza, pero pareció como si su ánimo se levantara, como sí una corriente de energía relajara sus facciones prestándoles ese raro aspecto en el que se combinan el dolor y la dignidad. 

—No es ninguna limosna, Cherryl. No tengas miedo de hablar. 

—Resulta extraño… Eres la primera persona a quien puedo dirigirme… y parece tan fácil… Sin embargo, tuve miedo de hablarte. Desde hace mucho tiempo quise pedir que me perdonaras. Desde que supe la verdad. Llegué hasta la puerta de tu despacho, pero me quedé en el vestíbulo sin valor para trasponerla… Esta noche no quería venir. Salí únicamente… para pensar algo y, de pronto, comprendí que quería verte, que en toda la ciudad era éste el único lugar al que dirigirse y la única cosa que aún me quedaba por hacer. 

—Me alegro de que la hicieras. 

—Verás… Dagny —añadió suavemente, como extrañada—. No eres como yo esperaba… Ellos, Jim y sus amigos, aseguran que eres dura, fría y sin sentimientos. 

—Así es, Cherryl. Así soy en el sentido que ellos me atribuyen. Pero ¿te han contado alguna vez el significado que ellos dan a tales defectos? 

—No. Nunca lo han hecho. Sólo se burlan de mí cuando les pido explicaciones de algo. ¿Cuáles son sus ideas sobre ti? 

—Cuando alguien acusa a otro de no tener sentimientos, ello significa que tal persona es justa. Que se trata de un ser cuyas emociones nunca carecen de base, de alguien que nunca otorgará sentimientos que el otro no merezca. Significa que «sentir» es ir contra la razón, contra los valores morales y contra la realidad. Significa… pero ¿qué importa? — preguntó observando la anormal intensidad que se pintaba en la mirada de Cherryl. 

—Se trata… de algo que he intentado con todas mis fuerzas comprender… durante un tiempo muy largo… 

—Bien; observa que nunca has escuchado esa acusación en defensa del culpable. Nunca la has oído pronunciar por una buena persona, refiriéndose a quienes no le hacen justicia. Pero sí por truhanes refiriéndose a quienes les tratan como tales, a las personas que no sienten simpatía hacia las maldades que ha cometido ni hacia los dolores que sufre como consecuencia. Eso es lo que yo no siento. Pero quienes lo sienten no aprecian ninguna cualidad dotada de grandeza humana, ni hacia ninguna persona o acto que merezca admiración, aprobación o estima. Tales son mis sentimientos. Hay que elegir entre una cosa u otra. Los que otorgan su simpatía al culpable, no la ofrecen al inocente. Pregúntate cuál de esas dos personas es la que carece de sentimientos. Entonces comprenderás qué reacción es la opuesta a la caridad. 

—¿Cuál es? —murmuró la joven. 

—La justicia, Cherryl. Cherryl se estremeció, bajando la cabeza. 

—¡Oh, Dios mío!, —gimió—. ¡Si supieras los malos ratos que me ha hecho pasar Jim, tan sólo porque creo lo mismo que tú! —Levantó la cabeza, estremeciéndose de nuevo como si todo aquello que hubiera intentado dominar la invadiera de improviso; en su mirada se pintaba el terror—. Dagny —murmuró—. Dagny, les tengo miedo… a Jim y a los otros… pero no miedo de lo que puedan hacer, porque si fuese así podría eludirlo… sino miedo como si no existiera lugar por donde huir… miedo de lo que son y… y de que existan. 

Dagny se adelantó rápidamente, sentándose en el brazo del sillón que ella ocupaba y estrechándola por los hombros para infundirle tranquilidad. 

—Calma, calma —le dijo—. Estás en un error. Nunca debes temer a la gente. Nunca debes creer que su existencia es un reflejo de la tuya… Y eso es precisamente lo que crees. 

—Sí, sí. Siento como si para mí no hubiera una posibilidad de supervivencia mientras ellos alienten… ni posibilidad, ni sitio, ni un mundo en el que desenvolverme… No quiero pensar así y no ceso de rechazar tales ideas, pero éstas vuelven una y otra vez y no tengo adonde escapar… No puedo explicar de qué se trata; no puedo hacerme cargo de ello. Es un terror que no encuentra apoyo en nada, como si todo el mundo quedara repentinamente destruido, pero no por una explosión, ya que éstas son algo duro y sólido, sino por… por una especie de horrible reblandecimiento… como si todo perdiera la solidez, nada mantuviera su forma y fuese posible introducir el dedo en paredes de piedra, viéndola ceder como mermelada, y las montañas se escabulleran, y los edificios cambiaran de forma como nubes, y ello significara el fin del mundo, pero no bajo el fuego y el azufre, sino convertido en una substancia viscosa. 

—Cherryl… Cherryl, pobrecilla. Durante siglos, los filósofos han planeado convertir el mundo precisamente en eso. Han pretendido destruir la mente de sus habitantes, haciéndoles creer que es eso lo que ocurre. Pero no has de aceptarlo. No has de ver con los ojos de otros. Atente a los tuyos; sigue firme en tu juicio. Sabes que lo que es, es. Dilo en voz alta, como la más santa de las plegarías, y no permitas que nadie te hable en sentido contrario. 

—Pero… nada existe ya. Jim y sus amigos han desaparecido para mí. No sé lo que miro, cuando me encuentro entre ellos. No sé lo que oigo, cuando hablan. Nada es auténtico. Se trata de una representación fantasmal… y no sé lo que persiguen… ¡Dagny! Siempre se nos ha dicho que los seres humanos poseen un conocimiento mucho mayor que el de los animales; pero en estos momentos me siento más ciega que cualquier animal, más ciega y desamparada. Porque un animal sabe quiénes son sus amigos y quiénes sus enemigos y cuándo ha de defenderse. Nunca sospecha que un amigo pueda querer cortarle el cuello. No espera que le digan que el amor es ciego, que la rapiña es un triunfo, que los gangsters ostentan la categoría de estadistas y que constituye un acto encomiable partir el espinazo a Hank Rearden. ¡Oh, Dios mío! ¿Qué estoy diciendo? 

—Sé muy bien lo que dices. 

—¿Cómo voy a convivir con la gente? Si nada se mantiene firme no podremos continuar, ¿verdad? Yo sé que las cosas son sólidas, pero ¿y la gente? ¡Dagny! No son nada y lo son todo; no son seres, sino tan sólo objetos cambiables en constante mutación, desprovistos de forma. Pero he de vivir entre ellos. ¿Cómo lo voy a conseguir? 

—Cherryl, aquello contra lo que has estado luchando constituye el mayor de los problemas de la historia, el que ha ocasionado todos los sufrimientos humanos. Has comprendido más cosas que la mayoría de las personas que sufren y mueren, sin saber lo que las mató. Voy a ayudarte a aclararlo. Se trata de algo enorme, de una dura batalla; pero primero y ante todo, no tengas miedo. La expresión que se pintaba en la cara de Cherryl era la de una extraña y reflexiva añoranza, como si viera a Dagny desde una gran distancia e intentara acercarse a ella sin conseguirlo. 

—Me gustaría sentir deseos de luchar —respondió suavemente—, pero no lo consigo. Ya no anhelo vencer. No poseo la fuerza necesaria para efectuar cambio alguno. Verás; nunca había soñado en una boda como la que hice con Jim. Cuando sucedió, me dije que la vida era mucho mejor de lo que había esperado. El acostumbrarme ahora a la idea de que la vida y la gente son más horribles de lo que pude imaginar, y que mi matrimonio no fue un espléndido milagro, sino una especie de inexpresable maldad hacia la que aún siento temor, resulta algo que no puedo obligarme a asimilar. No logro comprenderlo. —Levantó la mirada hacia ella—. Dagny, ¿cómo lo conseguiste? ¿Cómo te las arreglaste para permanecer incólume? 

—Ateniéndome tan sólo a una regla. 

—¿Cuál? 

—La de no colocar nada… nada por encima del veredicto de mi mente. 

—Has sufrido terribles vapuleos… quizá peores que yo… peores que ninguno de nosotros… ¿Qué te ha mantenido firme mientras los soportabas? 

—El saber que mi vida es el más alto valor. Y que no puedo cederlo sin lucha. 
Observó una mirada de asombro y de incredulidad en la cara de Cherryl, como si ésta se esforzara en recuperar una sensación perdida en el largo transcurso de los años. 

—Dagny —su voz era un susurro—, eso es… eso es lo que sentía de niña… Eso es lo que con más claridad recuerdo acerca de mí… ese sentimiento… Nunca lo he perdido, sigue ahí, siempre estuvo ahí, pero conforme fui creciendo, creí que se trataba de algo que debía ocultar… Nunca supe atribuirle un nombre; pero ahora, al decirlo tú, comprendo que es eso lo que fue… Dagny, sentir de ese modo acerca de la propia existencia… ¿es bueno! 

—Cherryl, escúchame con atención: ese sentimiento, con todo cuanto requiere e implica, es el más alto y noble bien en la tierra. 

—Te lo pregunto porque… nunca me hubiera atrevido a pensarlo. La gente me ha hecho siempre creer que se trataba de un pecado… de algo que lamentasen en mí y… y quisieran destruir. 

—Es cierto. Algunas personas quieren destruirlo. Y cuando sepas cuáles son sus motivos, te habrás enterado del más tenebroso y despreciable y único mal de la tierra, pero te encontrarás fuera de su alcance. La sonrisa de Cherryl fue como una leve vibración que se esforzara en mantenerse activa gracias a un resto de combustible todavía aprovechable. 

—Es la primera vez en muchos meses —murmuró —que he sentido… como si aún disfrutara de una oportunidad. —Vio cómo Dagny la observaba atentamente y añadió—: Todo irá bien… Déjame acostumbrarme a ti y a las cosas que has dicho. Creo que llegaré a creer… a creer que es verdad y que Jim no importa. Se puso en pie cual si intentara retener aquel momento de seguridad. Impulsada por una repentina e imprevista ansiedad, 

Dagny dijo bruscamente: —Cherryl, no quiero que esta noche vuelvas a tu casa. 

—¿Por qué? Estoy perfectamente. No tengo miedo alguno en tal sentido. No me atemoriza volver. 

—¿No ha sucedido algo allí, precisamente esta noche? 

—No… nada… nada peor que de costumbre. Lo que ocurre es que empecé a ver las cosas con un poco más de claridad, eso es todo. Me siento bien. He de pensar, pensar mucho más que en otros tiempos… y luego decidir lo que he de hacer. ¿Puedo…? —vaciló—. ¿Puedo volver a hablar contigo? 

—Desde luego. 

—Gracias. Me… me siento muy agradecida. 

—¿Quieres prometerme que volverás? 

—Lo prometo. 

Dagny la vio alejarse por el vestíbulo, hacia el ascensor. Observó la lasitud de sus hombros y el esfuerzo que hizo para erguirlos de nuevo. Vio su esbelta figura, que parecía ir a derrumbarse, pero que consiguió mantener firme. Parecía una planta con el tallo roto, sostenida por una sola fibra que no se quisiera romper, una fibra que a la siguiente ventolera acabaría por desprenderse



 
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