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5 de julio de 2015

Populistas contra el capitalismo

Por JAMES NEILSON


Dice Daniel Scioli que "lo que sucede en Grecia nos tiene que abrir los ojos". No aludía a las consecuencias previsibles de las más de tres décadas de populismo que siguieron al triunfo electoral, en 1981, del equivalente heleno del PJ, el Pasok del exprofesor de Harvard Andreas Papandreu. Desgraciadamente para los griegos, el académico resultó ser un demagogo; en poco tiempo construyó un imperio clientelista sobredimensionado que, para seguir funcionando, requeriría más dinero de lo que Grecia estaba en condiciones de generar. Lo que horroriza a Scioli y otros oficialistas es "la austeridad" que atribuye al FMI, los fondos buitre y otros representantes del "capitalismo salvaje" que, nos advierten, son los peores enemigos de "la economía real". ¿Y si no hay plata? Será porque el capitalismo es congénitamente mezquino.

Por desgracia, el mandatario bonaerense y favorito para triunfar en las próximas elecciones presidenciales no nos explica lo que debería hacer el gobierno de un país en bancarrota para ayudar a las empresas a producir más. ¿Servirían algunas protestas multitudinarias contra los buitres y discursos flamígeros en defensa de lo humano amenazado por bestias que dan prioridad a los malditos números y que, con un grado de perversidad apenas concebible, creen que sería una buena idea tomarlos en serio? Claro que no, ya que al convencer a los empresarios y a los inversores de que el país está en manos de lunáticos sólo perjudicarían aún más a quienes dependen de la marcha de la economía.

En Grecia, la llegada al poder de Syriza, la Coalición de la Izquierda Radical que, para formar un gobierno, no vaciló en aliarse con una pequeña facción chovinista de la derecha radical, puso fin a una recuperación lenta pero así y todo perceptible. El daño que ya ha provocado es inmenso, pero aun cuando decidiera que sería mejor procurar apaciguar a sus socios del resto de la Eurozona obedeciendo las reglas del club, no le sería fácil impedir que el deterioro se profundizara es los meses venideros.

La cultura política griega tiene mucho en común con la argentina. Muchos dan por descontado que casi todos los políticos son ladrones, que los jueces están más interesados en congraciarse con sus padrinos y que los impuestos deberían ser voluntarios. En el caso de Grecia, un país rodeado de enemigos a menudo brutales en que, desde hace dos siglos, los partidarios de la europeización luchan contra la herencia otomana, tales actitudes son comprensibles. Lo mismo que en el mundo musulmán, la mayoría tiende a privilegiar los lazos familiares por encima de los hipotéticos deberes ciudadanos.

Por desgracia, tales características "premodernas" hacen muy difícil el desarrollo económico. Si bien todos se afirman dispuestos a subordinar los intereses propios al bienestar del conjunto, pocos están dispuestos a correr el riesgo que les supondría enfrentarse con la familia, la facción política o la corporación profesional que a su entender los protegen contra los azares menos gratos de la vida.

Las diferencias culturales importan. Mientras que los dirigentes alemanes creen que todos los miembros de la Eurozona deberían acatar las mismas reglas, griegos como Alexis Tsipras y Yanis Varoufakis se dedican a buscar pretextos imaginativos para justificar su voluntad de violarlas. La experiencia les ha enseñado que, en su propio país por lo menos, es una ventaja brindar la impresión de ser un transgresor nato, de ahí la negativa a vestirse como los demás políticos europeos o a utilizar las mismas palabras. Las negociaciones del gobierno griego con el Eurogrupo liderado por Alemania se parecen a un diálogo de sordos. Hablan de cosas diferentes. Para parafrasear a un ministro de Economía radical, Juan Carlos Pugliese, los griegos de Syriza les hablan a los burócratas de Bruselas y los duros de Berlín con el corazón; les contestan con el bolsillo. Puesto que lo que está en juego es muchísimo dinero -la deuda supera los 300.000 millones de euros-, ganan quienes hablan en nombre del bolsillo.

Como muchos han señalado, se trata de un monto que, tal y como están las cosas, Grecia nunca podrá devolver. Lo lógico, pues, sería llegar a un acuerdo para reducirlo a dimensiones manejables a cambio de un compromiso serio de reestructurar la economía griega para que sea más productiva en el futuro. Hasta ahora, sin embargo, los griegos contrarios a permitir reformas que los perjudicarían han logrado frustrar los esfuerzos por privarlos de derechos adquiridos, pero a menos que se rindan, Grecia seguirá siendo una anomalía en la Unión Europea, un país cuyos habitantes quieren lo que otros ya tienen pero que, por razones políticas, sociales y, desde luego, culturales, se niegan a hacer lo necesario para conseguirlo.

Mientras tanto, Tsipras y sus admiradores en otras latitudes se desahogarán denunciando el capitalismo como si se creyeran capaces de reemplazarlo por algo mejor. A su modo, se asemejan al rey persa Jerjes que, según Heródoto, mandó castigar el mar con trescientos latigazos bien fuertes por haber permitido que una tempestad hundiera un puente flotante que sus hombres habían construido para que el gran ejército que encabezaba pudiera cruzar el Helesponto camino de Grecia donde, felizmente para la posteridad, fue derrotado. Hace ya 2.500 años, muchos tomaron el episodio por una manifestación de irracionalidad típica de los bárbaros pero, como entendería cualquiera que una vez ha golpeado un televisor o computadora que se portaba mal, la de Jerjes fue una reacción bastante natural, si bien primitiva.

También lo es la de aquellos gobernantes en apuros que hablan pestes del capitalismo, acusándolo de privarlos de los recursos que necesitarían para que todos y todas vivieran en Jauja. Es una forma de reivindicar su propia impotencia. No es que crean que hay alternativas aceptables a la modalidad económica así calificada, ya que todos los intentos de confeccionar esquemas distintos han tenido consecuencias desastrosas, es que quieren hacer pensar que ellos mismos no tienen responsabilidad alguna por las penurias de la gente puesto que todo se debe a un sistema que es intrínsecamente cruel. Sin embargo, hoy en día el capitalismo, el único orden económico que hace posible la prosperidad masiva, equivale al mar: como Jerjes con toda seguridad entendió muy bien, azotarlo de vez en cuando sólo sirve para impresionar a los convencidos de que lo que realmente cuenta en este mundo es la voluntad de los dueños del poder.

JAMES NEILSON

2

Anónimo dijo...

Como los argentinos dicen que no a una reducción de jubilaciones altas del 13% para terminar aplaudiendo una reduccion al tercio del poderadquisitivo detodos los salarios.

Blas

Rolando el furioso dijo...

Yo creo que ellos piensan, mejor todos nosotros, que solo nosotros.

 
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