22 de octubre de 2009

Como lo veo yo (cont)


Siguiendo el hilo del formidable post de Klaus, no puedo dejar de pensar en una de las peores desgracias que sufre la tierra de promisión.
Es que si nos guiamos únicamente por lo que establece y manda la Constitución Nacional, podríamos decir que pese a algunas inconsistencias y elementos doctrinarios de dudoso valor, en su conjunto -y a vuelo de pájaro- las cosas después de todo no tendrían que estar tan mal.
Quiero decir que si un extraterrestre lee la Ley Fundamental, pese a los absurdos cambios que se han venido introduciendo desde su versión original hasta la fecha -ignorando la del '49, por supuesto- podría llegar a imaginar que la ex-República es un país libre.
Lamentablemente, si se le ocurre ir de visita, a los 2 minutos se espantará al advertir que se encuentra bajo un régimen totalitario.
Voy a tomar dos elementos primordiales y estrechamente vinculados, a título de ejemplo, para explicarlo mejor: la libertad de comerciar, y la de ejercer toda industria lícita.
Partiendo de esos enunciados tan nítidos, la clase política argenta, a través del tiempo, inventó una maraña de leyes, decretos, regulaciones, disposiciones, reglamentaciones, prohibiciones, permisos, distorsiones, organismos de control, y etc, que directamente los pulverizaron.
En la práctica, entonces, basándose en 'las leyes que reglamenten su ejercicio', la 'relatividad' de los derechos, la supeditación a lo que en un determinado momento de la historia se considere un 'bien social', y en el 'si, pero...', y etc, etc, esas libertades elementales no existen.
Como las dos fuerzas políticas troncales de la ex-República, en radicalismo y el peronismo, coinciden -con matices, pero coinciden al fin- en que el Estado debe regular la actividad económica de los ciudadanos, y que el resto -socialistas, comunistas, etc- mucho más aún que los nombrados, a nadie parece preocuparle el asunto.
Otro factor adicional consiste en que la maraña es tan pero tan grande, que resulta inmanejable e inentendible.
Para muertra alcanza un botón: el absurdo Decreto 6754/43, que establece la inembargabilidad de los sueldos de los empleados públicos está aún vigente.
Nadie pudo explicarme jamás el por qué de ese privilegio.
Bueno, el efecto acumulativo de estas regulaciones han tenido un efecto devastador sobre la actividad económica, y de eso cualquiera puede darse cuenta.
La regulomanía llegó a tal extremo que hoy en Argentina las pocas empresas que quedan luchan día y noche para sobrevivir, y nadie sueña con que se produzcan inversiones nuevas, lo que determina inexorablemente estancamiento, pobreza y recesión.
Y los regulomaníacos, que se las ingenian para permanecer enquistados para siempre en el poder, instalaron la idea que la culpa de todos los males la tiene la libertad, y que para solucionar los problemas son necesarias más y más regulaciones, cerrando el paso a cualquier propuesta razonable que apunte a sacar a los argentinos del pantano en que se encuentran.
De nada sirve argumentar que los países que más han crecido en el mundo han sido aquellos en los que se respetó la libertad, ni poner como ejemplo el incipiente capitalismo chino que ha batido todos los records mundiales de crecimiento y expansión.
Así las cosas, el imaginario colectivo argento no duda en culpar al 'liberalismo' de todos los males que azotan la ex-República, y ante cualquier problema que aparezca lo más común es escuchar 'el Estado tiene que intervenir...' o alguna frase similar, lo que en el fondo es muy parecido a querer apagar un incendio con nafta.
Bueno, yo puse un par de ejemplos nada más, para no extenderme demasiado, pero estoy convencida que lo mismo puede decirse de todo el resto.
La Constitución -con sus imperfecciones incluídas- se ha transformado, en consecuencia, en una ficción jurídica que nada tiene que ver con la realidad.
Incluso del núcleo del sistema de gobierno republicano y federal sólo quedan algunos despojos dispersos.
Este proceso enfermizo ha destruído impiadiosamente los basamentos de la sociedad, transformándola en un rejunte amorfo cuyos compartimientos se relacionan entre sí únicamente mediante la violencia y la intimidación.
Porque la decadencia determinó obligadamente la degradación, la pérdida de los valores, la miseria moral que hoy campea alegremente.
No me costaría mucho demostrar que la totalidad de los males que afectan a la sociedad argentina tienen esta causa común, y que las soluciones sólo pueden aparecer si se vuelve a respetar la libertad, en todos los órdenes, pero no me dispersaré.
...
En fin, como están las cosas, no quiero ser amarga pero lo único que puede suceder a futuro es que Argentina esté peor.
Un poco peor, o mucho peor, pero siempre peor.
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4 comentarios:

Klaus Pieslinger dijo...

Totalmente inmerecido el halago, que bien le corresponde a Carlos Mira con sus reflexiones siempre tan contundentes; años que lo sigo en lo de Cachanosky.
Cuando leia tu acertada reflexión pensé de inmediato en las regulaciones como en un cáncer, que se multiplica sin control y se come el cuerpo desde adentro, mientras por fuera se sigue viendo más o menos saludable... hasta que es demasiado tarde.

raúl dijo...

Excelente post, Raquel. comparto tu pesimismo.

@PaloMedrano dijo...

Lamentablemente, coincido.

Martín Benegas dijo...

Aunque me tilden de utópico, creo que esto demuestra que la únu¡ica solución es el anarcocapitalismo, trato de encontrar una alternativa pero no encuentro ningun sistema que refrene la vocación expansionista del estado.