30 de mayo de 2014

La mirada de Neilson a las elecciones europeas

Europa después del "terremoto" electoral
JAMES NEILSON

Algunos alarmistas parecen creer que Europa está por retroceder un siglo, que una vez más se verá transformada en un campo de batalla para un sinnúmero de nacionalistas pendencieros. Por ahora cuando menos, los pesimistas exageran. Si bien entre quienes obtuvieron más votos que antes en las elecciones paneuropeas de la semana pasada hay muchos sujetos de antecedentes truculentos, la mayoría de los que ocuparán escaños en el Parlamento Europeo son conformistas que no sueñan con guerras, depuraciones étnicas, campos de concentración y todos los demás aportes de sus mayores a la civilización.

Asimismo, entre los descalificados como ultraderechistas, para no decir fascistas, se encuentran personajes nada peligrosos como Nigel Farage, un hombre que recuerda con nostalgia una versión bucólica de su país; quisiera reencontrar el Reino Unido de su emblema partidario, la libra esterlina, con sus chelines, peniques y otras rarezas, que existía antes de que funcionarios extranjeros de ideas contundentes abolieran tales antigüedades. Puede que oponerse así a la fría modernidad bruselense sea lamentable, pero sería excesivo comparar lo que tiene en mente Farage con el desafío planteado por agrupaciones netamente neonazis como Crisi Avgi, el "Amanecer dorado", de Grecia, los antisemitas del Jobbik húngaro o el Frente Nacional de la francesa Marine Le Pen que, no obstante sus esfuerzos por darle una imagen respetable, dista de haberlo librado de todos los elementos fascistas que fueron recogidos por su padre, el exparacaidista Jean-Marie Le Pen.

Si los que votaron por candidatos que a juicio de los biempensantes son populistas reaccionarios de ideas venenosas tienen algo en común, es el temor a que su propia aldea, ciudad, país o continente ya no les pertenezcan, que su destino esté en manos de tecnócratas más interesados en esquemas abstractos que en la vida de personas "normales". El rencor que sienten puede entenderse. A ningún argentino le gustaría que un burócrata norteamericano o chino, digamos, lo obligaran a modificar radicalmente su estilo de vida. La distancia emotiva que separa a un alemán de un griego, a un italiano de un luxemburgués, es tan grande que resulta lógico que se haya difundido por el continente la sensación de que una camarilla de ideólogos cosmopolitas se cree con derecho a tratar como cobayos a los demás europeos.

Acaso sería menos urticante para la mayoría si quienes mandan en la Unión Europea procuraran explicarle las razones por las que insisten en decretar tantos cambios, muchos de ellos de apariencia insensata, como los relacionados con bienes de consumo que en algunas comarcas son tradicionales, pero pocos se dan el trabajo de intentarlo. Por desgracia, el déficit demográfico que angustia a los "euroescépticos" es una realidad. Se ha abierto una brecha enorme entre la elite política y mediática mayormente progresista y la gente. Tal y como sucedió aquí a comienzos del tercer milenio, los que se sienten abandonados por sus presuntos representantes están sumando sus voces al coro que grita "que se vayan todos".

La crisis económica no ha ayudado. En el mundo actual, hasta un período breve de estancamiento es considerado intolerable, pero muchos países de Europa, sobre todo del sur mediterráneo, han sufrido una contracción muy dolorosa. Pues bien, lo mismo que los miembros del Partido Comunista chino, los comprometidos con "el proyecto europeo" deben su legitimidad a su supuesta capacidad para garantizar la prosperidad, además, en su caso, de la paz y el respeto por ciertos derechos fundamentales. Lo comprenden muy buen aquellos defensores del statu quo que, frente a cualquier síntoma de descontento, dicen que la alternativa a "más Europa" sería un colapso económico catastrófico, la reanudación de las guerras de la primera mitad del siglo pasado y una multitud de dictaduras hitlerianas o estalinistas.

Pero tales advertencias ya no asustan. Los muchos que se sienten perjudicados por la introducción del euro culpan a sus impulsores por las penurias que sufren, nadie realmente cree que Francia y Alemania estén esperando la señal para poner en marcha los tanques y, fuera de una franja de energúmenos, virtualmente nadie supone que un tirano supuestamente iluminado suministraría una "solución" para los problemas exasperantes de su país o continente. Con todo, aunque parece escaso el riesgo de que estallen guerras entre países miembros de la Unión Europea, ello no quiere decir que sus habitantes se sientan a salvo del belicismo ajeno.

Para algunos, lo que está ocurriendo en Ucrania significa que les convendría prepararse para defender la frontera oriental contra una eventual pero, por fortuna, poco probable incursión rusa. Otros, la mayoría, temen más a una invasión pacífica desde el sur. Si sólo fuera cuestión de algunos miles de refugiados políticos o incluso económicos, Europa los acogería con generosidad, pero se trata de millones de africanos y asiáticos, por lo común musulmanes, que están huyendo de la miseria, crueldad y fanatismo ciego pero que, una vez instalados en sus nuevos hogares, propenden a recrear las condiciones de sus lugares de origen. El dilema así planteado es brutal: si los europeos respetan las normas reivindicadas por casi todos sus gobiernos, pronto podrían verse reincorporados al mundo terriblemente violento que han querido dejar atrás; si para ahorrarse tal desastre cerraran las puertas, traicionarían los principios rectores de la Unión Europea. La voluntad de hacer de Europa un continente libre de prejuicios étnicos, religiosos o culturales es una consecuencia directa del Holocausto. Para suplicar perdón por el genocidio de millones de judíos, los líderes políticos e intelectuales europeos juraron que nunca más discriminarían a nadie por motivos raciales o religiosos. Aunque la historia debería haberles enseñado que a través de los siglos han sido habituales los conflictos feroces entre distintas minorías étnicas y religiosas, mientras que escasean los ejemplos de convivencia en un clima de tolerancia mutua, se convencieron de que sería exitoso el experimento multicultural que emprendían. Por desgracia, en Francia sobre todo pero también en otros países europeos, muchos discreparían, razón por la que el Frente Nacional de Marine Le Pen, cuyo auge se debe en buena medida a su prédica antiislámica, acaba de cosechar más votos que cualquier otra agrupación.

7 comentarios:

El Enmascarado dijo...

Esta vez, coincido con James Neilson totalmente. Europa ha caído en la trampa entre los principios humanistas declamados y la realidad que les plantea la invasión de pobres desde el África y Asia.

No sé cómo van a hacer para salir de esta trampa.

carancho dijo...

A riesgo de que me llamen racista, el buenismo europeo los está llevando a ser invadidos por islamistas que quieren imponer la sharia.
Afuera con ellos. O se adaptan al país receptor o se quedan en su casa.

El Enmascarado dijo...

Perdón, pero la señorita del afiche está muy buena pese a que empuñe lo que, creo, es un .38 corto.

Sine Metu dijo...

Enmascarado, es lo que puede sostener con su pequeña manita. Para calibres mayores necesitaría usar las dos manos.

El Enmascarado dijo...

¡Jajajaja! Bien dicho, Sine.

El Enmascarado dijo...

Sine, la Srta. de marras se llama Eva Green y es francesa.

Sine Metu dijo...

oui, una chica bond